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Ecología

  • ¿Por qué hablamos de cuidar la salud del suelo?

    Shutterstock / TanaCh

    El suelo, la capa más superficial de la Tierra, es esencial para la vida en este planeta. Su importancia se debe a las numerosas funciones en las que participa y su relevancia para nuestra sociedad.

    Si nos paramos a observar el suelo con curiosidad, nos encontramos con numerosas partículas con distinto tamaño, desde nanométrico (coloides arcillosos) hasta milimétrico (arena).

    La mayoría de estas partículas son compuestos minerales. Entre ellos abundan el cuarzo y los feldespatos, muchas y variadas arcillas o filosilicatos, diversos óxidos de hierro responsables de colorear de amarillo, rojo o pardo los suelos y cantidades variables de caliza o carbonatos. Solamente alrededor de un 1-2 % de ellas son orgánicas en el caso de los suelos agrícolas. En los suelos forestales existe un porcentaje mayor, pero muy variable.

    Un ecosistema vivo

    Pero el suelo es algo más que un montón de partículas. En su superficie se crean una serie de cargas eléctricas capaces de atraer (o repeler) a otras partículas. Esto hace que se organicen en microestructuras de diseño, que contienen un gran espacio poroso y, que, en algunos suelos, pueden llegar incluso a ocupar hasta un 50 % de su volumen total. Ahí es donde se almacenan los distintos gases, como el oxígeno y el dióxido

    Además, en el suelo se encuentra una altísima variabilidad y número de organismos (¡en una cucharada de suelo puede haber más individuos que habitantes en nuestro planeta!), algunos visibles como insectos y lombrices y otros microscópicos como bacterias, hongos y virus. Todos ellos garantizan la adecuada funcionalidad del suelo.

    Entre sus funciones destacan el suministro de alimento, fibra, combustible, productos farmacéuticos y recursos genéticos y la retención de carbono. El suelo sirve de hábitat para organismos, participa en la regulación climática, la purificación de agua y reducción de contaminantes, y en la disponibilidad y ciclo de nutrientes, entre otras. Está vivo y en continuo cambio y evolución.

    Almacén de carbono y filtro para el agua

    El espacio poroso y el entramado de partículas sólidas del suelo facilitan a las plantas un sostén para mantenerse erguidas, protección del sistema radicular ante cambios bruscos de temperatura y humedad, además de abastecerlas con nutrientes, agua y oxígeno. Como resultado, aproximadamente un 95 % de nuestra alimentación proviene directa o indirectamente del suelo. Es crucial para garantizar la seguridad alimentaria.

    La actividad fotosintética de las plantas genera genera un secuestro de carbono atmosférico que se incorpora y almacena en el suelo en forma de compuestos orgánicos. De hecho, se estima que su contenido total de carbono es el doble del presente en la atmósfera y del orden de tres veces más del que hay en todos los seres vivos del planeta. Por eso, el suelo resulta un gran activo en la regulación del cambio climático.

    Además, debido a esa porosidad y superficies minerales tan reactivas, otra de sus funciones significativas es la capacidad para filtrar el agua y regular su ciclo. Esto puede evitar graves procesos de contaminación, escorrentía superficial y erosión, así como la regulación de sequías o inundaciones.

    Para que nosotros podamos contemplar un suelo bien desarrollado, ha tenido que pasar un tiempo considerable, que puede ir desde unos miles a millones de años, dependiendo de la roca madre y el clima sobre el que se origine el suelo.

    Pasos hacia la protección del suelo

    Debido a su fragilidad, el suelo está considerado como un recurso natural no renovable a escala humana. Por eso, hay que cuidarlo y protegerlo para que pueda mantener su capacidad de proveer servicios ecosistémicos y seguir realizando sus funciones. De lo contrario, en muy pocos años se puede perder su funcionalidad.

    Actualmente se estima que entre un 60 % y 70 % de los suelos de la Unión Europea sufren algún tipo de problema (suelos no sanos) como un bajo contenido en materia orgánica, excesivo contenido en nutrientes y contaminantes, salinización o riesgo de desertificación.

    Con el fin de garantizar la funcionalidad de los suelos, las políticas y acciones tanto europeas como nacionales inciden en potenciar la llamada salud del suelo.

    El término salud del suelo implica la consideración del suelo como un ente vivo complejo con capacidad funcional. Un adecuado manejo del suelo y las decisiones sobre su uso deben considerar todas sus funciones en lugar de centrarse en un único aspecto o función, como ha sido habitual hasta ahora.

    Por estas razones, los suelos y su salud ocupan recientemente un puesto destacado en el Pacto Verde Europeo y en los Objetivos de Desarrollo Sostenible de las Nacionales Unidas, que pretenden conseguir un medio ambiente más saludable, una minimización e inversión del cambio climático y sus efectos, una reducción de la contaminación ambiental y conservación de la biodiversidad, basándose en un uso sostenible del suelo, entre otros aspectos.

    Además, la Unión Europea está invirtiendo varios millones de euros para promover el cuidado y protección del suelo. Una de sus actuaciones clave es la misión Cuidar de los suelos es cuidar de la vida que pretende que el 75 % de los suelos sean sanos en 2030, con capacidad para cumplir con las funciones esenciales que permiten el desarrollo de la vida en nuestro planeta (naturaleza) y de nuestra sociedad, desde el punto de vista de la sostenibilidad.

  • Especies invasoras: sus efectos positivos no son un argumento para su indulto

     Una cotorra argentina (‘Myiopsitta monachus’) en un parque de Madrid. Dailos Hernández-BritoAuthor provided

    Al pensar en especies invasoras generalmente nos vienen a la mente aquellas que causan problemas a los ecosistemas que invaden y a las especies nativas con las que forzosamente coexisten.

    No es casualidad. Los graves impactos de las especies invasoras se han abordado en un gran número de estudios científicos. Consecuentemente, se han ganado por méritos propios el luctuoso honor de ser una de las principales amenazas para la conservación de la biodiversidad global.

    De sobra son conocidos sus impactos en las especies nativas, como la depredación, la competencia, la hibridación y la transmisión de enfermedades.

    Fuera de esta evidente faceta negativa, todavía se desconocen en gran medida los efectos positivos que irónicamente benefician a la comunidad nativa. Toda especie muestra una amplia gama de interacciones tanto con el ambiente que ocupa como con las comunidades que integra. Y las especies invasoras no son una excepción.

    ¿Perjudiciales o benefactoras?

    La lista de interacciones positivas identificadas no es baladí. Incluye la facilitación de recursos como alimento y refugio, además del favorecimiento de la polinización y la dispersión de semillas. Todas ellas benefician a ciertas especies nativas y pueden acarrearles efectos positivos a escala poblacional.

    De esta manera, algunas especies invasoras muestran una dualidad en cuanto a sus consecuencias sobre las nativas. Pueden ser simultáneamente negativas y positivas, arrojando así una paradoja.

    Esta ambigüedad de efectos alcanza una mayor dimensión ecológica cuando una invasora toma el rol de ingeniero de ecosistemas, es decir, la especie es capaz de ejercer cambios tan profundos en el ambiente que alteran la biodiversidad y heterogeneidad del hábitat.

    Un ejemplo es el archiconocido mejillón cebra, cuyas grandes colonias son capaces de filtrar y clarificar velozmente el agua del hábitat que invaden. Esto es ideal para la proliferación de algunas algas y plantas acuáticas, pero a costa de la desaparición del zooplancton y otras especies pelágicas tras los cambios ambientales y tróficos desencadenados por estos pequeños invertebrados.

    Así pues, las invasiones biológicas son procesos dinámicos. El balance entre sus efectos positivos y negativos en la biodiversidad cambiará en función del proceso de invasión.

    La mera introducción de especies invasoras inicialmente incrementa la biodiversidad a escala local. Sin embargo, esta percepción es engañosa al homogenizarse la biodiversidad tras perder aquellas especies nativas más vulnerables a los impactos, aunque otras se vuelvan abundantes. Este escenario de ganadores y perdedores no es chocolate del loro, nunca mejor dicho para introducir el siguiente ejemplo.

    La cotorra argentina y su red de inquilinos

    La cotorra argentina es un loro proveniente de Sudamérica. Debido a su popularidad como mascota, se ha traficado con millones de individuos e inevitablemente se ha introducido en 27 países.

    Esta ave tiene la particularidad de ser el único loro capaz de construir sus propios nidos, una estructura de ramas con cámaras internas. Estas estructuras coloniales se han convertido en una estampa habitual en su zona invadida. Pueden llegar a ser una amenaza tanto para los árboles que las soportan como para los viandantes, ya que pueden alcanzar pesos descomunales, además de causar daños en los tendidos eléctricos.

    Cedro prácticamente cubierto por una colonia de cotorras argentinas en Leganés, Madrid. Se puede apreciar varios gorriones comunes (Passer domesticus) que nidifican también en la colonia. Dailos Hernández-Brito, Author provided

    En un estudio reciente de diferentes poblaciones de esta especie tanto en su zona nativa como invadida, hemos revelado que sus nidos pueden llegar a ser utilizados por más de 40 especies inquilinas, principalmente aves que nidifican en cavidades pero que no son capaces de excavarlas. De este modo, la cotorra argentina es capaz de modificar el ambiente para facilitar un recurso alternativo de nidificación, ejerciendo así el rol de ingeniera de ecosistemas.

    Este aumento de la disponibilidad de nidos no fue el único beneficio para los inquilinos. También cooperaban junto con las cotorras hospedadoras en la defensa de las colonias frente a depredadores, aumentando así su eficacia antidepredatoria.

    Sorprendentemente, se detectó que estas colonias en zonas invadidas albergaban un mayor número de especies y de inquilinos que en zonas nativas. De esta manera, la especie invasora beneficia claramente a algunas especies nativas.

    Este efecto positivo es más patente en inquilinos ya de por sí escasos, como por ejemplo las palomas zuritas y grajillas en Madrid. Ambas especies presentan un preocupante declive poblacional en zonas colindantes, aunque esta tendencia podría estar revertiendo por el uso de nidos de cotorras.

    Una grajilla (Coloeus monedula) criando en un nido de cotorra argentina localizado bajo una antena de radio en Velilla de San Antonio, Madrid. Dailos Hernández-Brito, Author provided

    Sinergias entre especies invasoras

    Desgraciadamente, otras especies menos deseables son también beneficiadas, inquilinos invasores que acelerarían sus procesos de invasión. Por ejemplo, otra especie invasora de cotorra, la cotorra de Kramer, continúa expandiéndose en la isla de Tenerife gracias al uso de los nidos de cotorra argentina.

    Es de esperar que las poblaciones de otras invasoras aumenten en función de su éxito reproductivo facilitado por estos nidos, lo que conlleva que también crezca la magnitud de sus impactos.

    Todo se torna más oscuro cuando la cotorra argentina y sus inquilinos invasores se benefician mutuamente. Así, se desencadenan complejos de invasión que aumentan la vulnerabilidad de las comunidades invadidas.

    Un fenómeno complejo pero gestionable

    La complejidad de las interacciones biológicas en torno a las especies invasoras dificulta su detección y comprensión. Por eso no es de extrañar que se prioricen los esfuerzos de gestión en aquellas causantes de impactos muy graves.

    No obstante, el desconocimiento del alcance real de los efectos positivos de las invasoras pueden echar por tierra los logros de su gestión. Un triste ejemplo fue la erradicación de conejos que invadían una isla australiana, que provocó temporalmente el desastroso declive de un depredador nativo, el págalo subantártico. Se eliminó su fuente principal de alimento y no se llevaron a cabo paralelamente medidas compensatorias, como la recuperación de presas nativas.

    Algo similar puede ocurrir con especies raras que son inquilinas de la cotorra argentina, ya que se verían afectadas enormemente por las acciones de manejo. Con el fin de minimizar percances, la retirada de nidos de cotorra argentina tendría que ejecutarse fuera de la época de cría de estas especies más vulnerables, y conjuntamente mitigar la pérdida de sus nidos mediante la instalación de cajas nidos.