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Bosques

  • ¿Quemar bosques para generar electricidad?

    Americanheritagebiomass / Wikimedia CommonsCC BY-SA

     

    Estamos en medio de una emergencia climática. Los científicos llevan más de 40 años advirtiéndonos de que sus datos sobre el clima global revelan tendencias alarmantes y que debemos actuar con urgencia. Y sin embargo, las emisiones de gases de efecto invernadero siguen aumentando.

    Necesitamos cambiar nuestra forma de obtener energía, y reemplazar el uso de combustibles fósiles por renovables que no emitan carbono a la atmósfera. El Pacto Verde Europeo se propone que el continente sea climáticamente neutro. Para ello la Unión Europea promueve la obtención de energía de fuentes renovables como eólica, solar, hidráulica, mareomotriz, geotérmica y a partir de biocarburantes, incluida la biomasa forestal.

    El uso de la biomasa para reemplazar al carbón ha sido acogido con entusiasmo en varios sectores industriales. Los fondos europeos de recuperación y resiliencia están aportando grandes cantidades que los gobiernos locales destinan a adaptar centrales térmicas para quemar biomasa donde antes se quemaban combustibles fósiles.

    Críticas desde la ciencia

    Menos entusiasmo se percibe desde sectores científicos. En febrero de 2021, más de 500 científicos y economistas dirigían una carta a los principales mandatarios mundiales urgiéndoles a preservar los bosques y desechar el uso de biomasa como fuente de energía. El argumento es simple: dejemos que los árboles sigan capturando y almacenando carbono, lo que nos ayudará con las dos crisis a las que nos enfrentamos, la climática y la de biodiversidad.

    A este argumento se suma el hecho de que la cantidad de CO₂ que se emite para generar un kilovatio de energía es mayor si se usa biomasa que si se quema carbón. La combustión de biomasa en forma de pellets también emite gran cantidad de gases y partículas nocivos para la salud.

    Visiones contrapuestas

    La respuesta de la industria es igualmente simple: el carbono que se emite al quemar pellets de biomasa volverá a ser capturado por los árboles, así que el balance neto sería neutro. Pero liberar en unos segundos lo que un árbol ha acumulado durante toda su vida genera una deuda de carbono. Compensarla requiere décadas, dependiendo del tipo de árbol y de bosque, y en el contexto actual de emergencia climática, no disponemos de ese tiempo.

     

    La central térmica de Drax, en el NE de Inglaterra, ha pasado de solo quemar carbón a usar biomasa como combustible principal. Dave Pickersgill / GeographCC BY-SA

     

    Además, cortar, transportar y preparar la madera para su combustión conlleva unas emisiones que en ningún caso se recuperan.

    Evidentemente, siempre, en algún sitio, habrá un árbol capturando y almacenando carbono. La disyuntiva está en permitir que haya el mayor número posible de árboles almacenando carbono y formando parte de un ecosistema maduro, o cortar, triturar y quemar una parte de ellos liberando otra vez ese carbono a la atmósfera. Pero el balance solo será neutro si se emite al mismo ritmo que se fija.

    El impacto sería menor si los pellets se produjeran a partir de restos de la actividad maderera, como ramas y pequeños trozos sin valor de mercado. Pero eso no basta para alimentar las centrales ya en marcha. Las plantas productoras de pellets utilizan mayoritariamente árboles completos.

     

    Vista aerea de la planta de producción de pellets de biomasa de Amite BioEnergy, Drax Biomass, en Mississippi. Drax

     

    ¿Y si pudiésemos capturar y almacenar el CO₂ en las plantas en las que se quema la biomasa? De hecho, la tecnología existe (BECCS) aunque está sin desarrollar a la escala necesaria. Por otra parte, aunque se pudiera capturar todo el carbono en los puntos de emisión, producir electricidad usando biomasa forestal seguiría resultando en pérdida de biodiversidad si esto exige cortar bosques o crear nuevas plantaciones.

    Bosques y plantaciones

    En este contexto es importante diferenciar entre un bosque y un cultivo forestal. Los bosques son ecosistemas formados por árboles de diferentes especies y tamaños e incluyen estratos arbustivos que son fundamentales para su biodiversidad. Deforestar, alterar bosques maduros, implica una pérdida de biodiversidad.

    Las plantaciones forestales están manejadas para maximizar la producción de madera. Todos los árboles de una parcela se plantan a la vez de manera que el crecimiento sea uniforme, y se eliminan competidores y herbívoros.

     

    Un bosque (arriba) tiene árboles de diferentes especies, edades y tamaños, además de otras plantas, arbustivas y herbáceas . En una plantación forestal (abajo) los árboles son todos del mismo tamaño y suelen estar dispuestos de manera regular. Rolando Rodríguez Muñoz (foto superior) y RhinoMind / Wikimedia Commons (foto inferior)CC BY-SA

     

    Los cultivos energéticos emplean especies no autóctonas de crecimiento muy rápido para que los ciclos de tala sean cortos. Para producir pellets se puede usar también madera de menor calidad que la requerida para pasta de papel o carpintería. El resultado es que estos cultivos son todavía más diferentes de un bosque que las explotaciones forestales destinadas a otros usos. Aunque reemplazar bosques maduros por cultivos forestales puede parecer un cambio pequeño en el uso del territorio, las consecuencias para la biodiversidad son dramáticas.

    Comercio global

    En Europa, como ocurrió con la revolución industrial, Gran Bretaña también ha tomado la delantera en reemplazar carbón por biomasa. Pero la producción local de pellets no alcanza, así que la mayoría de lo que se quema procede de otras regiones, principalmente el SE de los EE. UU..

    Esto añade a la ecuación el carbono requerido para transportar el combustible a través del Atlántico. El resultado es un impacto ecológico, económico y social negativo en las dos orillas.

    El futuro ya está aquí

    La Unión Europea debe decidir si sigue invirtiendo millones en producir energía quemando biomasa forestal. Para basar esa decisión en conocimiento científico, ha encargado un informe al Joint Research Centre.

    El informe concluye que la biomasa no es neutra en carbono. Solo en condiciones especiales de manejo forestal y usando restos de la industria maderera sería aceptable usar biomasa para producir energía. Convertir bosques en plantaciones de cultivos energéticos sería “extremadamente negativo” para la biodiversidad local. La recomendación final es que los países controlen los incentivos financieros a este tipo de actividad industrial.

    A la vista de la evidencia científica acumulada, lo esperable es que en un futuro cercano la Unión Europea elimine la biomasa forestal de la lista de energías renovables. Mientras tanto, parece poco sensato seguir invirtiendo fondos públicos en quemar bosques para generar electricidad.

     

    Publicado el 22 de diciembre de 2021 en The Conversation. Enlace al originai: https://bit.ly/3f2FpYW

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    Alfredo Fernández-Ojanguren es miembro de la asociación Geotrupes, un grupo de investigadores que promueve el uso de conocimientos científicos en la conservación y el manejo del patrimonio natural.

    Rolando Rodríguez Muñoz es miembro de Geotrupes, una entidad sin ánimo de lucro. Su trabajo en la Universidad de Exeter está financiado por el Natural Environment Research Council de Reino Unido.

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  • Cómo un estudio publicado en una revista científica de prestigio puede acabar en un genocidio

     Vista aérea de una comunidad indígena en la selva amazónica. Shutterstock / MarkFoxPhoto

      

    Poco tiempo después de haberse alzado presidente de Sudáfrica, Thabo Mbeki prohibió la terapia antirretroviral contra el sida. Corría el año 2000 y una de cada cinco sudafricanas embarazadas padecía la enfermedad. En aquel momento ya estaba establecido que el sida era causado por el VIH y que su tratamiento requería de antirretrovirales. Se estima que esta visión negacionista causó al menos 300.000 muertes adicionales por el virus.

    Aunque parezca increíble, esta política genocida tenía su base en la literatura científica. Algunas publicaciones en Nature y Science, las revistas científicas a las que se presupone el mayor prestigio, la apoyaban. Peter Duesberg, catedrático de biología en la prestigiosa Universidad de Berkeley y asesor de Mbeki, sentó las bases de la catástrofe al publicar sus erróneas tesis en Nature y Science –aunque ambas investigaron más tarde la veracidad de sus afirmaciones–.

    Pero en la ciencia, como en la vida, el prestigio es algo relativo y no debe tomarse muy en serio. El caso de Duesberg y el sida está bien documentado en la hemeroteca. Sin embargo, debemos subrayar otros casos menos conocidos, pero de rabiosa actualidad, en los que artículos publicados en revistas de prestigio están favoreciendo tanto la inacción climática como la pérdida de biodiversidad.

    Hay dos ideas que son particularmente peligrosas y que, si se desarrollan, podrían desembocar en verdaderos ecocidios e incluso en genocidios. La primera es la idea que el cambio climático se combate plantando árboles. La segunda es que hay que “conservar” un 30 % de los ecosistemas, principalmente aquellos más “salvajes” o en estado virgen, para restaurar la biodiversidad.

    Plantar árboles, ¿la solución al cambio climático?

    En 2019, Science publicaba un artículo que defendía la idea de plantar árboles como la solución más efectiva contra el cambio climático. El estudio contenía errores de bulto; se basaba en asunciones tales como que la cobertura arbórea en la tundra es del 80 %. Recordemos que la tundra es el bioma polar donde, por definición, el frío imposibilita todo crecimiento arbóreo.

    Este artículo fue duramente criticado y recibió hasta 5 cartas de respuesta señalando varios de sus graves errores.

    A pesar de ello, Science decidió no retirar el artículo, igual que no hizo con los de Duesberg. Se publicaron algunas correcciones generales, pero que no afectaban a la base del paper.

    Pues resulta que este estudio es, a día de hoy, el que toma de base las Naciones Unidas para establecer en qué zonas se debe reforestar para mitigar el cambio climático.

    Proteger más del 30 % de los ecosistemas

    En la última asamblea general de la Naciones Unidas, el pasado 22 de setiembre, se celebró una jornada en la que distintas organizaciones se comprometieron a donar 5.000 millones de dólares para comprar tierras y, supuestamente, restaurar su naturaleza. La iniciativa persigue eliminar la presencia del hombre en, por lo menos, un 30 % de la superficie terrestre para lograr un reequilibrio con la naturaleza y paliar la crisis de la biodiversidad.

    El fundamento tras estas medidas se encuentra, por ejemplo, en un artículo que publicaba Nature en 2018 argumentando que resulta cada vez más urgente proteger los últimos territorios vírgenes restantes en África o América.

    Pero esta idea es solo un precepto ideológico carente de fundamento científico. Es sobradamente conocido que los ecosistemas prístinos constituyen menos del 1 % del Viejo Mundo. En el Nuevo Mundo, así como en los países que fueron antiguamente colonias, son cada vez más las evidencias que nos indican que los paisajes otrora considerados vírgenes, así como su elevada biodiversidad, son en realidad el resultado de la gestión de las comunidades locales.

    También sabemos desde hace tiempo que la declaración de Parque Nacional, o de otras figuras de protección que impiden la gestión, no es la forma más efectiva de conservar un ecosistema. De hecho, no es raro que empeore su estado de conservación.

    El problema, por tanto, no está en la dicotomía hombre vs. naturaleza, sino en cómo convive el hombre dentro de la naturaleza. En realidad, debemos aspirar a proteger el 100 % de la Tierra: realizar un aprovechamiento sostenible de sus recursos en la totalidad del planeta.

    La medida del 30 % afectará, sobre todo, a los más pobres. Las comunidades indígenas del sur global verán como son desposeídas de sus tierras, y de su modo de vida, a pesar de no ser responsables de la degradación de la Tierra.

    La ciencia nos indica que la declaración de área protegida no mejorará necesariamente su biodiversidad. Lo que no sabemos es qué pasará con las comunidades del sur global que se vean desplazadas. No lo sabemos, pero seguramente nos lo podemos imaginar.

    Cómo debemos aplicar la ciencia

    Debemos eliminar la idea de que hay revistas o investigadores más o menos prestigiosos. En algunas cuestiones, como la causa del sida, es fácil lograr el consenso (aunque siempre puede haber algún escéptico). En otras, como el papel del hombre sobre la biodiversidad, resulta más difícil ya que la ideología del investigador puede entorpecer su habilidad para discernir lo cierto de lo falso.

    La ciencia solo es neutra y ayuda a la humanidad cuando se atiende al esfuerzo de toda la comunidad científica. Si nos basamos solo en algunos resultados publicados en medios prestigiosos, o en aquellos que mejor resuenan con nuestra ideología, lo más probable es que se tomen medidas erróneas e incluso catastróficas.

    Tenemos las herramientas para evitar aquello de lo que nos advertía Pérez-Reverte en La tabla de Flandes:

    “Usted acaba de formular una hipótesis, y en ese caso siempre se corre el riesgo de distorsionar los hechos para que se ajusten a la teoría, en vez de procurar que la teoría se ajuste a los hechos”.

      

    Publicado el 20 de octubre de 2021 en The Conversation. Enlace al original: https://bit.ly/3jw5N01

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    Víctor Resco de Dios recibe fondos de MICINN y Velux y ha publicado en algunas de las revistas señaladas en el artículo.

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  • El extraño "pelo de hielo" que se forma en los bosques de Irlanda del Norte

    Ice hair in Castle

    El hielo capilar se derrite con solo tocarlo.

     

    Quienes por estos días dan un paseo invernal en los bosques de Irlanda del Norte pueden llevarse una sorpresa.

    En medio de las ramas de los árboles en los condados de Fermanagh y Tyrone se ha formado un hielo que parece algodón de azúcar.

    Visto de cerca, se pueden apreciar cientos de hebras heladas, como si fuera un delicado cabello blanco.

    Al tocarlas, o con el calor del sol, se derriten.

     

  • El papel de los bosques como sumideros de carbono

    8 - 10 minutos

    Los sistemas forestales tienen la capacidad de captar el CO₂ de la atmósfera gracias a la energía del sol. Las plantas transforman las moléculas inorgánicas en moléculas orgánicas que usan en la construcción de sus estructuras vitales: flores, frutos, ramas, troncos, raíces, hojas, etc.

    Estos productos elaborados serán consumidos por los animales herbívoros, que los integran así en eslabones de las cadenas tróficas de los ecosistemas terrestres. En ese mismo proceso, las plantas generan un subproducto vital: el oxígeno.

    Los bosques, almacenes de CO₂

    Al respirar, los seres vivos emitimos CO₂ como subproducto metabólico de nuestro funcionamiento vital. Y al morirnos, nuestros cuerpos se descomponen en el suelo gracias a bacterias aeróbicas que transforman las moléculas orgánicas en CO₂ (que es emitido a la atmósfera) y en otras moléculas que contienen carbono y que se incorporan a uno de los reservorios más importantes del ciclo del carbono, el suelo.

    Así, los bosques retiran dióxido de carbono de la atmósfera e incorporan carbono a su biomasa. Al menos temporalmente, mientras los árboles (y arbustos, etc.) están vivos.

    Según el Quinto Informe de Evaluación del IPCC, se estima que a nivel global la cantidad de carbono presente en la biomasa viva de la vegetación es de entre 450 y 650 gigatoneladas. Aparte del carbono retenido en la vegetación, los suelos de los bosques son capaces de almacenar entre 1 500 y 2 400 Gt.

    Cuando un árbol se corta, y su madera es utilizada en la fabricación de muebles, elementos constructivos u otros, el carbono permanece retenido fuera de la atmósfera durante la vida útil del producto. Por el contrario, cuando un árbol se quema en el bosque, el carbono almacenado es devuelto a la atmósfera de manera casi inmediata.

    Los sistemas forestales fijan carbono tanto en la biomasa viva como en el suelo. Dehesa de encina en San Sebastián de los Reyes, Madrid. Author provided

    Mitigadores del cambio climático

    Sin embargo, no siempre hay un balance positivo entre entradas y salidas de carbono en los ecosistemas terrestres. El uso de la tierra, incluida la agricultura y los bosques, representa aproximadamente el 10 % de las emisiones globales de CO₂, y casi el 25 % de todos los gases de efecto invernadero como el CH₄ y el N₂O. Se estima que la deforestación es la principal fuente de gases de efecto invernadero en muchos países tropicales.

    Al mismo tiempo, aproximadamente un tercio de las emisiones de origen humano de CO₂ son absorbidas por los ecosistemas terrestres, principalmente por los bosques. Los sumideros forestales son importantes para la mitigación del cambio climático y en latitudes templadas o boreales los sistemas forestales se comportan como sumideros netos.

    Figura 1. Componentes combinados del presupuesto global de carbono en función del tiempo. Friedlingstein, P., Jones, M., O'sullivan, M., Andrew, R., Hauck, J., Peters, G.,... & DBakker, O. (2019). Global carbon budget 2019. Earth System Science Data, 11(4), 1783-1838.CC BY

    La importancia de la gestión forestal

    El papel que desempeña el uso de la tierra, sus cambios y la selvicultura (UTCUTS o bien LULUCF, por sus siglas en inglés) como fuente o sumidero de gases de efecto invernadero convierte al sector forestal en un actor clave con un gran potencial de mitigación. En consecuencia, se hace indispensable conocer cuánto carbono se almacena en la vegetación, así como los flujos de este elemento que se crean desde y hacia ella.

    La contabilización de las emisiones y absorciones de CO₂ de los diferentes sectores se fue estableciendo en las sucesivas conferencias de las Partes tras la aprobación del Protocolo de Kioto. Incluir el uso de la tierra en el proceso de la Convención Marco de Naciones Unidas sobre Cambio Climático ha sido largo y complejo.

    Para los bosques, las incertidumbres asociadas a las estimaciones de los gases de efecto invernadero que absorbían o emitían y las –en muchas ocasiones espúreas– cuestiones metodológicas han supuesto dificultades para alcanzar compromisos y lo que es peor, han implicado una inacción de coste insospechado.

    Uno de los aspectos más polémicos ha sido el papel que la gestión forestal desempeña en el aumento de la capacidad del bosque para fijar carbono, asumiendo que la única manera de incrementar el papel mitigador de los bosques es aumentando su superficie. Esta situación viene propiciada principalmente por dos motivos:

    • Por la preocupación climática de que la gestión forestal haga que los bosques que ahora son sumideros pasen a ser emisores de gases de efecto invernadero.
    • La gestión forestal garantiza la persistencia del bosque y su capacidad como sumidero. Pinar de Valsaín, Segovia. Author provided
    • Por la preocupación de las organizaciones ambientales que ven en estas prácticas también un riesgo para la biodiversidad.

    Ambas preocupaciones son perfectamente entendibles, pero también solventables mediante la planificación, aplicación y certificación de sistemas de gestión forestal sostenible, que garanticen la compatibilidad entre la persistencia del bosque, el aumento de su capacidad de fijación de carbono, y el resto de usos.

    ¿Cuántas emisiones absorben los bosques?

    Las actividades relacionadas con LULUCF (recordemos: el papel del uso de la tierra, sus cambios y la selvicultura), donde se enmarcan los bosques, no se abordaron definitivamente hasta la Conferencia de las Partes de 2001 (COP7) en la que se aprobaron los acuerdos de Marrakech. En ellos se fijaron las definiciones, modalidades, normas y directrices relativas a las actividades LULUCF recogidas en el artículo 3 del Protocolo de Kioto.

    España informa de sus emisiones de gases de efecto invernadero a la Secretaría de la Convención Marco de Naciones Unidas sobre Cambio Climático. Además, aporta información adicional para cumplir los compromisos asumidos conforme al Protocolo de Kioto, cuyo segundo periodo de aplicación finalizó en 2020.

    La diferencia fundamental entre ambos tipos de informes es que el primero tiene un criterio basado en la tierra (asigna categorías de uso de la tierra a toda la superficie dentro del país) y el segundo tiene un criterio basado en las actividades humanas.

    El último inventario nacional de gases de efecto invernadero recoge las cifras para el año 2018. El valor neto es muy aproximado (ver tabla 1), ya que España considera toda la superficie forestal bajo gestión regulada, cuando en realidad solo el 18,5 % de la superficie forestal española dispone de proyectos de ordenación forestal que regulan y controlan su aprovechamiento de manera sostenible.