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Venus: el gemelo infernal de la Tierra

El planeta más cercano también nació a la vez que el nuestro y tiene un aire de familia por su composición, gravedad o tamaño. Y, sin embargo, la superficie de Venus es un lugar prohibido para la vida, con temperaturas capaces de fundir el plomo. Las agencias espaciales preparan nuevas misiones para aprender más de nuestro vecino y averiguar cómo se convirtió en un mundo tan inhóspito.

La Tierra brilla como una preciosa burbuja en la inmensidad del espacio. Nos proporciona aire para respirar y más agua líquida de la que podemos usar. Mientras la gravedad fortalece nuestros huesos y músculos, el campo magnético natural actúa como un escudo contra la radiación solar. Y aun así, fuera de nuestro confortable hogar, los ojos de los científicos están hoy puestos sobre todo en Marte, una roca fría, reseca y desprotegida, cuando hay un mundo más cercano y que tiene una composición interna y un tamaño mucho más parecidos a nuestro planeta. De hecho, es su gemelo, nacido a la misma vez que él.

 Porque Venus, el segundo objeto más brillante del cielo –solo superado por la Luna–, siempre estuvo en la cabeza de los astrónomos. Los babilonios lo llamaron Ishtar –en honor a la diosa del amor–, los mayas, Kukulkán –gemelo de la Tierra y dios de la guerra–, y en Occidente lo identificamos con la diosa romana del amor. Figura como el primer planeta en ser observado a través de un telescopio, proeza lograda por Galileo Galilei (1564-1642); explorado por una sonda espacial, la Mariner 2 (1962); y visitado por una sonda, la soviética Venera 3 (1965). En aquellos tiempos, cuando arrancaba la carrera espacial, fue el objetivo de más de veinte misiones.

Pero el interés se empezó a apagar al mismo tiempo que llegaban las primeras observaciones. La Mariner 2, de la NASA, reveló que bajo la gruesa capa de nubes venusinas se ocultaba un mundo volcánico realmente abrasador. Las sondas soviéticas que lograron posarse en su superficie y sobrevivir durante algunos minutos detectaron temperaturas de alrededor de 460 ºC, más que suficientes para fundir el plomo. Y su atmósfera es puro veneno: está compuesta al 96,5 % por dióxido de carbono (CO2), alberga nubes de ácido sulfúrico (H2SO4) y registra vientos de hasta 400 km/h. En el suelo, la presión es noventa veces superior a la que hay a nivel de mar en la Tierra, casi equivalente a una profundidad de un kilómetro en el océano, y la luz escasea, porque la densa envoltura atmosférica no la deja pasar. Venus es, sencillamente, una gigantesca olla a presión. Por eso, las sondas y los telescopios empezaron a poner su atención en otros lugares.

Esto está a punto de remediarse. Aunque todavía no se haya programado ninguna misión, hay ambiciosos proyectos para volver a visitar a nuestro gemelo candente. Su objetivo: revelar los misterios que se plantearon hace décadas con la tecnología de este siglo. La Agencia India de Investigación Espacial (ISRO), la NASA y la Agencia Espacial Europea (ESA) están considerando varias propuestas para entrar en órbita o posarse sobre el suelo del planeta. También se plantean la opción de suspender globos o hacer planear sondas encima de sus nubes.

 “Hay un interés científico creciente en Venus”, confirma Iván López, investigador de la Universidad Rey Juan Carlos, en Madrid, que lleva casi veinte años realizando mapas de ese mundo dentro del programa de cartografía geológica de la NASA. El motivo es que es el planeta que mejor puede ayudar a entender la evolución de la Tierra, como si fuera una especie de cápsula del tiempo. Dado que, aparentemente, no experimenta tectónica de placas ni procesos de erosión importantes –que en la Tierra casi han borrado sus primeros 2.500 millones de años de historia–, el gemelo vecino conserva capítulos completos de su edad más temprana. “Ambos fueron muy similares al comienzo, al igual que los humanos se parecen más cuando son bebés”, dice Vicki Hansen, investigadora en la Universidad de Minnesota Duluth (EE. UU.), que estudia la evolución de los dos planetas. “Por eso, si podemos leer el registro de Venus, aprenderemos también sobre los primeros años de la Tierra”.

 Pero, ¿por qué, estando a una distancia tan parecida al sol, se han diferenciado tanto? Esa es la pregunta que obsesiona a los planetólogos.

 Hoy sabemos que Venus incluso pudo albergar océanos de agua líquida, pero que un efecto invernadero descontrolado lo convirtió en el planeta más caliente del Sistema Solar. Se ignora cómo pudo ocurrir esto; de hecho, desconocemos la evolución geológica y geodinámica del primer 80 % de la historia de Venus. Ni siquiera hay respuesta para preguntas tan básicas como si hoy tiene actividad volcánica, en qué momento se detuvo su tectónica de placas o cuándo y cómo perdió sus reservas de agua. Incluso se desconoce si pudo ser habitable durante un tiempo y cómo es su núcleo, porque hoy gira tan despacio –y en sentido contrario al de los otros planetas– que no genera un campo magnético susceptible de hacer mediciones remotas.

 “Sabemos menos sobre él que sobre la Luna, Marte, Mercurio o incluso algunas lunas de Júpiter o Saturno”, reconoce Rebecca Ghent, investigadora de la Universidad de Toronto (Canadá), que estudia procesos geológicos fuera de la Tierra. Lo que sí se conoce en profundidad es su atmósfera, en parte gracias a las dos últimas misiones al planeta vecino: la Venus Express, de la ESA, que concluyó en 2015; y la Akatsuki, de la agencia japonesa JAXA, operativa desde ese mismo año.